“…¿por qué la insistencia de Trump de hacer el cambio? ¿Será un simple ataque de egocentrismo como hace con sus lujosos clubes de golf, o de nuevos propósitos de expansión geoestratégica como quiere hacer con el Canal de Panamá, México, Canadá y Groenlandia?”
OPINIÓN
Por Teodoro Rentería
Arróyave
Miércoles 19 de febrero de 2025
El artículo del colega y amigo, Luis Manuel Arce Isaac de
Prensa Latina, es un estudio psicométrico del magnate neoyorquino, Donald
Trump, elevado nuevamente a presidente de Estados Unidos no obstante las
alarmas que sonaron en casi todo el mundo. Lo reproducimos íntegro por
considerar que, además, es una denuncia pública de carácter internacional:
“En un político como Trump, farolero y arrogante, todo es posible, y siempre
hay el peligro de que su jactancia rebase los límites de la razón. Parece que
el delirio de grandeza que padece Donald Trump le afecta su estado mental y
provoca confusión en su cerebro, como creer que es lo mismo golf que golfo, y
uno y otro se pueden administrar de igual manera, aunque sean cosas diferentes.
Con el golf no se enfada. El magnate posee 18 o más campos de golf de enormes
dimensiones, casi todos de 18 hoyos y hasta uno de 27, de gran lujo, y a cada
uno los bautiza con un nombre rimbombante precedido por su apellido, quizás
como parte de ese delirio de grandeza o por un mal hábito perruno de marcar así
su territorio.
En cambio, con el Golfo de México está agolfado. No sorprendería que el nuevo
patronímico que propone para esa cuenca sea ‘Trump Golfo de América’ (o Estados
Unidos) pues su propósito es deshonesto, sinvergüenza, de un pillo, granuja,
vividor y hasta guripa, como califica a esa palabra la Real Academia Española,
la que limpia, fija y da esplendor, prostitución.
En un político como Trump, farolero y arrogante, todo es posible, y siempre hay
el peligro de que su jactancia rebase los límites de la razón y afecte el
equilibrio emocional. Persiste en su idea de que ‘dentro de poco, cambiaremos
el nombre del golfo de México por el de golfo de América’, y junto a ello evoca
al anexionista e incendiario expresidente William McKinley.
Alabado en ese contexto, el nombre de McKinley -quien aprovechó la debilidad y
virtual derrota militar de España en América y el Pacífico para declararle la
guerra a Madrid tomando como pretexto la auto voladura del acorazado Maine en
el litoral cubano, y apoderarse de Guam, Hawái, Cuba y Filipinas, levanta
sospechas de perversas intenciones en el insólito cambio de nombre del golfo.
McKinley, quien fue asesinado en 1901 en al empezar su segundo período de
mandato, inició las guerras arancelarias con la cual Trump trató de chantajear
al mundo en su primer mandato –en particular a China y México- y ahora repite
lo mismo como si la política internacional sea un juego de Monopolio.
Eliminar el nombre de Golfo de México sería, además de una barbaridad
geográfica, un aberrante atentado a la soberanía de los otros dos vecinos que
comparten con EE.UU. sus aguas, México y Cuba, porque de lo que se trata es de
magnificar la advocación chovinista y usurpadora de su eslogan ‘Estados Unidos
Primero’.
Por si es así, algunos de sus asesores deberían recordarle a Trump que ese gran
bolsón de agua conectado al océano Atlántico se llama así desde que sus
recontra tatarabuelos eran bebés traídos desde Gran Bretaña, y se hicieron
adultos aquí matando pieles rojas y robando sus tierras y sus búfalos para
saciar su enorme apetito geófago.
El Golfo de México era tal cuando todavía ni siquiera se habían aliado las 13
colonias que integraron en un cordón de norte a sur al entonces muy débil
Estados Unidos.
Y se llamó así –no de América- porque todo su litoral, excepto el que pertenece
a la isla de Cuba, era mexicano, y los españoles y demás europeos no
encontraron razón alguna para llamarlo de otra manera. Incluso al concluir la
invasión militar estadounidense en 1846-1848 cuando se robaron el 55 por ciento
del territorio mexicano, incluyendo sus actuales estados costeros del golfo,
continuó llamándose Golfo de México, no Americano y menos de EE. UU.
De manera que ese nombre no solamente tiene una raíz etnográfica y marca un
derecho patronímico, sino que identifica a una región geográfica hartamente
reconocida por organismos e instituciones internacionales, las instituciones de
navegación marina reconocidas, y el acervo cultural universal. Un presunto
cambio de nombre ni siquiera es potestad unívoca de alguno de los tres países
que tienen soberanía sobre la cuenca.
Más allá de criticar el egocentrismo desbocado por parte del patrocinador del
cambio de nombre, es importante hurgar en los intereses oscuros que podrían
estar escondidos detrás del exabrupto que algunas personas tiran a broma cuando
debiera ser tomado con la seriedad que requiere por provenir de un individuo
que ha perdido las riendas de la cordura.
Para la economía regional y mundial, y muy en particular para Estados Unidos,
México y Cuba, el golfo tiene un valor excepcional, pues todas sus costas son
estratégicas para la conexión marítima de los tres con el interior de cada uno
de ellos y el mundo.
El crudo que se extrae de la parte estadounidense representa una sexta parte de
la producción total del país, y casi todo el que extrae México de aguas
someras. Los yacimientos más importantes de Tabasco y Campeche están en esa
cuenca, y en Veracruz están los grandes puertos y patios de contenedores.
Cuba, como una llave, es su puerta de entrada desde el Caribe, pero la única de
los tres que no ha tenido suerte con las prospecciones de yacimientos,
contrario a la teoría de que posee grandes depósitos comerciales en su mar
territorial, aunque se aferra a la esperanza de encontrar áreas que puedan ser
explotadas comercialmente, a pesar de que el bloqueo impide una mayor
participación de inversionistas en su exploración,
El tamaño de la cuenca es superior a los mil 600 millones de kilómetros
cuadrados que lo ubica entre los golfos más grandes del mundo con la ventaja
adicional de que casi un 50 por ciento está formado por aguas poco profundas.
Al margen de todo lo planteado, la situación geográfica y legal del golfo está
definida desde hace años y respaldada por los acuerdos internacionales sobre la
delimitación de la zona económica exclusiva de cada cual que tienen fuerza de
ley y son inviolables.
La isla los firmó con México respecto al sector adyacente a los espacios
marítimos cubanos en julio de 1976, y con Estados Unidos en diciembre de 1977.
Han firmado varios más en este nuevo siglo sobre temas específicos, incluidos
la extensión de la plataforma continental más allá de las 200 millas náuticas.
De forma muy arrogante y sin especificar detalles, Trump declaró que, ‘como
nosotros hacemos la mayor parte del trabajo (no dice qué trabajo), cambiaremos
el nombre de Golfo de México al Golfo de América, el cual es hermoso y muy
apropiado. Además, México debe parar a las miles de personas que entran en
nuestro territorio’.
Haciéndole coro, la congresista republicana Marjorie Taylor Greene anunció que
presentará un proyecto de ley lo más pronto posible para hacer oficial el
cambio de nombre, como si eso se ventilara solamente en su país.
No se trata solamente de un desafío a México y a Cuba, sino a la comunidad
internacional y su sistema de justicia y derechos, los cuales certifican que,
debido a que el golfo comprende territorio de tres países, las cuestiones
relacionadas con él requieren de consenso mediante derecho internacional y que,
de manera unilateral, ningún Estado puede cambiar el nombre de alguna porción
marítima, mientras no le corresponda de manera soberana.
La gran pregunta entonces es ¿por qué la insistencia de Trump de hacer el
cambio? ¿Será un simple ataque de egocentrismo como hace con sus lujosos clubes
de golf, o de nuevos propósitos de expansión geoestratégica como quiere hacer
con el Canal de Panamá, México, Canadá y Groenlandia?
La respuesta a esas preguntas hay que buscarlas en su afán nazista de hacer
grande a Estados Unidos con frases casi al calco de las pronunciadas con igual
sentido por Hitler sobre Alemania que condujeron a la II Guerra Mundial, y la
búsqueda de ampliar su espacio vital como el Führer hizo con Austria,
Checoslovaquia y Lituania y Trump pretende con Panamá, Groenlandia y Canadá, y
someter a sus dictados a México.
Y como Hitler también, se inspira en un poder divino que asegura le concedió
Dios al no morir en un raro atentado en el que una misteriosa bala le rozó la
oreja sin dejarle cicatriz (aunque en el discurso dijo tenerla pese a que las
cámaras no la captaron al enfocar su apéndice supuestamente dañado), y que se
deshizo en el aire pues ni hirió a nadie del tumulto que estaba detrás de él en
la ruta del proyectil, ni impactó en los resguardos de la tribuna. Algún día se
sabrá la verdad”.
Hasta aquí el análisis de Arce Isaac. Por un simple sentido de defensa nacional
e internacional, estemos más que alertas, unidos ante el símil del monstruo
hitleriano, ya antes habíamos destacado la señal nazi del empleado y principal
asesor del Trump, el también multimillonario Elon Musk.
Periodista y escritor; presidente del Colegio Nacional de Licenciados en
Periodismo, CONALIPE; secretario de Desarrollo Social de la Federación
Latinoamericana de Periodistas, FELAP; presidente fundador y vitalicio
honorario de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos, FAPERMEX,
miembro del Consejo Consultivo permanente del Club Primera Plana, Doctor
Honoris Causa por la Universidad Internacional Académico de Número y Director
de Comunicación social de la Academia Nacional de Historia y Geografía, ANHG.
Agradeceré sus comentarios y críticas en teodororenteriaa@gmail.com Nos
escuchamos en las frecuencias en toda la República de Libertas Radio. Le
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